Las encuestas no predicen el futuro pero permiten cambiarlo (por Pablo Díaz)

Cada vez que se conoce una nueva encuesta habrá un grupo de personas que aceptará sus resultados y otro tanto que las rechazará. Ponle el nombre que quieras a cada grupo, da igual. El favorecido con los números además las usará como instrumento de marketing o propaganda y el desfavorecido las desacreditará a cualquier costo. Aún el de su propia ridiculez.

Similar hecho pasa luego de cada elección. Al conocerse los resultados del escrutinio automáticamente, los refutadores de siempre (en general actores del periodismo), no perderán la oportunidad de contrastarlos con las encuestas previas y ¡zas! como la mayoría de las veces no coincide ese resultado con el del estudio de opinión lo dirán sin inmutarse: «otra vez fallaron las encuestas».

La última elección en Neuquén es una muestra cabal y bien fresca de esta falacia.

En este video del programa animales sueltos del 12 de marzo pasado, a excepción del consultor Rosendo Fraga, el resto de los periodistas del panel trataron el tema de las encuestas con suma liviandad y profunda falta de conocimiento (video).

Cualquiera con un mínimo entrenamiento en lectura estadística sabría lo que representan los números que aparecen en las encuestas -y si además es político sabría cómo trabajar estratégicamente para alterarlos a su conveniencia-. Pero esa es una condición que no abunda ni en el periodismo ni en la política. Son pocos los conocedores del verdadero significado de las encuestas. La mayoría las considera como una especie de oráculo matemático y las pone casi al mismo nivel que el tarot. Y nada más alejado de eso, porque las encuestas no se hacen para predecir el futuro sino para conocer el presente.

Ese hecho motivó este tuit mío, que rápidamente fue tomado en cuenta por miembros de la Asociación Argentina de Consultores Políticos (Asacop) que también se dieron cuenta del error de los periodistas.

Los estudios de opinión pública, entre los que son más conocidos las encuestas -pero hay otros más-, son similares a los estudios de análisis clínicos que cualquiera de nosotros como pacientes nos hemos realizado a pedido de nuestro médico de cabecera.

Cuando sentimos algo anormal en nuestro cuerpo acudimos al médico y éste no tira un puñado de piedras o huesos sobre el escritorio para que le indiquen lo que tenemos, como hacen los chamanes en algunas tribus indígenas. Muy por el contrario, además de revisarnos con su estetoscopio y hacernos varias preguntas sobre nuestros hábitos de vida, nos receta una serie de estudios clínicos (de sangre, de orina, radiografías, tomografías, electrocardiogramas, etc.) para auscultar aún más profundamente nuestro cuerpo e identificar cuál es la parte dañada.

Una vez que como pacientes nos hemos hecho todos esos estudios, volvemos a verlo munidos de ellos y allí recién el facultativo de la medicina realiza el diagnóstico y nos traza el tratamiento a seguir para sanarnos.

Algunas enfermedades detectadas en esos estudios no tienen cura y el informe es lapidario. Pero eso son los casos menores, la inmensa mayoría de las veces la enfermedad es curable y si el paciente atiende las indicaciones de su médico podrá sanarse.

Lo mismo pasa en la política. La encuesta le indica al candidato y su equipo cuál es la percepción social, su magnitud y en qué sector del electorado se manifiestan los diferentes problemas. Con esa información el consultor o asesor de campaña diseña la estrategia y las tácticas (el tratamiento) que debe ejecutar el candidato para modificar esa realidad que muestra la encuesta y cambiarla en su beneficio.

Ese es el objetivo principal de las encuestas: Conocer el problema (lo que pasa en la sociedad con relación al candidato y sus adversarios) y actuar sobre él para cambiar (o reforzar) esa percepción.

Los datos de intención de voto son una de las tantas informaciones que se recogen en las muestras. Son importantes? por supuesto! pero no son el objeto último de la misma sino conocer como poder incrementarlos y/o sostenerlos.

Lo más importante en las encuestas no es lo que ellas muestran al público (o al periodismo) sino lo que no se muestra. Los datos que el candidato guarda bajo siete llaves. El «cuanto» es lo que el candidato deja ver a la prensa (si es que ese número le da bien, obviamente, sino los refuta). Pero los «cómo», los «qué», los «por qué», los «dónde» son los que el candidato oculta porque son los datos que permiten actuar sobre el «cuanto».

Que periodistas y militantes de partidos políticos se capaciten sobre el uso y lectura de los estudios de opinión pública es muy importante, no solo para ayudarlos a entender de que se trata la cosa, sino -y fundamentalmente- para que dejen de engañarse y desinformar a sus públicos.

 

Pablo Gustavo Diaz
Consultoría política y marketing digital
www.pablogustavodiaz.com

 

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