La polarización no se rompe desde el centro sino desde los flancos (por Pablo Díaz)

Dos palabras definen el momento político que vivimos: polarización y emoción.
Ambas se conjugan para generar escenarios donde dos partidos/espacios antagónicos hegemonizan la discusión pública y por ende los votos, relegando al resto a ser actores de reparto.

Aunque se manifieste como un fenómeno político, la polarización es un fenómeno psicológico ya que se origina en el cerebro del elector que, por comodidad (ahorro de energía) tiende a procesar todo en forma sintetizada, en este caso binariamente: bueno-malo, amigo-enemigo, etc.

Pese que a muchos cientístas y actores de la política les moleste y cueste aceptarlo, debo recordar aquí una vez más algo que ya he dicho a hartar en mi blog: el voto es una acción que responde más a factores emocionales que a motivos racionales.

La emociones son las que actúan en el cerebro humano para llevar a un ‘grupo de electores’ a tomar posición por uno de esos polos en contradicción. Cuando la carga emotiva es muy fuerte incluso da lugar a la aparición de actitudes tribales de irracionalidad y agresiones que alimentan aún más el antagonismo.

En los países de América Latina la polarización se nota más fuerte que en el resto del mundo. En el estudio que realiza la World Values Survey sobre 55 países en el mundo, se pidió a un conjunto de votantes que se situaran en una escala ideológica izquierda-derecha de 10 puntos. En los nueve países de América Latina y el Caribe de la encuesta, la polarización era del 52,5% sobre 100% que representaría la máxima polarización. El promedio de los restantes países fue del 44,8%. Ese hecho se muestra en nuestra reciente historia política cuando vemos que al mapa centroizquierdista que se pintaba en el lustro pasado está mutando a colores centroderechistas en este momento.

El filtro mental que genera la polarización se construye con ideas simples de entender y usa las emociones básicas del individuo (miedo, ira, asco, sorpresa, tristeza y felicidad) para alimentar el antagonismo. Los discursos radicales tienden a eso y aquellos líderes que los profesan inteligentemente tienden a acaparar mucho más la atención (y el apoyo) del electorado que los líderes moderados que prefieren apelar a la parte racional del cerebro.

Una campaña electoral no es un proceso pedagógico. El candidato no tiene el tiempo del docente para enseñarle a pensar críticamente a los electores. Una campaña electoral se trata de ‘hackear’ los esquemas mentales que los mantienen presos en las posiciones rígidas para moverlo a hacer algo diferente a lo que la inercia mental los conducía.

En mi opinión la polarización no se rompe desde posiciones moderadas y racionales que se intentan insertar desde el centro, sino con una estrategia fuertemente disruptiva, innovadora, que atraiga la atención de esas mentes hoy ocupadas en la otra discusión por alguna novedad que sea lo suficientemente emotiva para interesarlos. Y esto se logra entrando a la pelea desde los flancos.

 

Pablo Gustavo Díaz
Consultor en comunicación política y marketing digital.

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